• Ignacio Torres

La fracción del pan

Comentario al libro de José Aldazábal, Gestos y símbolos en la celebración.


A la liturgia actual frecuentemente se le acusa de ser demasiado verbal y racional[1]. Sin embargo, la “pobreza” gestual de la misa de Pablo VI podría no ser tanto un defecto de su concepción, como de su celebración. Aldazabal lo explica en su libro sobre gestos y símbolos en la celebración: “El criterio ha sido: los signos centrales, potenciarlos más. Los secundarios, dejarlos más libres. Menos signos, pero mejor hechos, de modo que puedan ejercer toda su fuerza pedagógica y expresiva”. Es decir, la reforma de la liturgia del Concilio Vaticano II ha querido deshacerse de lo superfluo, del barroquismo artificioso que no nos permitía contemplar lo esencial, para ofrecernos una Eucaristía que exprese de forma más directa aquello que “hizo el Señor” en la última cena. Pero la consecuencia ha sido, más por defecto de praxis celebrativa que de concepción, un empobrecimiento de los gestos, una liturgia poco expresiva que a veces parece más protestante que católica en el sentido de que se vuelve iconoclasta, quiere entrar más por el intelecto que por los sentidos. No estamos, por lo tanto, ante un defecto de la misa de Pablo VI; no es que ésta sea poco expresiva en los gestos, sino que los sacerdotes que la celebramos nos hemos vuelto, al ritmo de una sociedad cada vez más informal, demasiado prosaicos y minimalistas en nuestra actitud gestual. Una muestra palmaria de esta actitud es el signo de la fracción del pan del que vamos a hablar.


Aldazabal nos dice que “La liturgia es una acción, un conjunto de signos performativos que nos introducen en comunión con el misterio, que nos hacen experimentarlo, más que entenderlo. Es una celebración y no una doctrina o una catequesis. El lenguaje simbólico es el que nos permite entrar en contacto con lo inaccesible: el misterio de la acción de Dios y de la presencia de Cristo”. Sobrevalorar las palabras y minusvalorar los signos –cuando no cambiarlos por otros signos prestados del mundo civil– es un grave error de concepción litúrgica que ronda en la mentalidad de muchos celebrantes, y de mucho pueblo. La misa en lengua vernácula da a las palabras una fuerza comunicativa que antes no tenían, hasta el punto de que ahora muchos cristianos piensan que la misa no vale “si no la entiendo”. El aspecto simbólico y oferente de la acción sagrada pierde peso sobre su valor catequético. Y la misma catequesis mistagógica presente en cada celebración pierde peso sobre otra catequesis más doctrinal o moral.


Pedro Farnés hablaba de la misa como “la caja y la joya”: “Si la celebración Eucarística es la joya que Cristo nos entregó, la Iglesia por su parte, ha dispuesto y colocado con amor de esposa esta joya en unos cofres, es decir, en el interior de unos ritos litúrgicos”. El cofre se renueva y cambia, pero la joya permanece. El cofre no puede ser más vistoso que la joya, porque la ofuscaría. ¿Y cuál es la joya en la misa? Son los siete gestos que hizo el Señor en la última cena, y que la Iglesia repite en cada Eucaristía. Pues bien, indudablemente el romper el pan como anuncio de su muerte es uno de esos gestos que hizo el mismo Señor en la Cena, y que la Iglesia repite: “parte constitutiva del rito eucarístico, acciones que la Iglesia ha recibido del Señor, que nunca pueden faltar en la celebración de la Eucaristía” (Farnés). El libro de los Hechos para referirse a la Eucaristía emplea dos términos: “cena del Señor” y “fracción del pan”. Así pues, el signo litúrgico de la fractio panis, que en la liturgia romana se produce justo antes de la comunión, es un signo central de la acción sagrada, no sólo por su simbolismo, que nos recuerda el cuerpo de Cristo crucificado que se rompe para que nosotros tengamos vida, sino porque es uno de los signos que realizó el mismo Señor, según atestiguan los cuatro relatos neotestamentarios sobre las palabras del Señor en la última cena.


Sin embargo, en la litúrgica actual, este signo litúrgico está tan maltratado que no alcanza a significar casi nada. En primer lugar, porque desgraciadamente, en la mayoría de las misas cuando el sacerdote realiza este gesto, el pueblo está intercambiando todavía la paz. Esto, pienso yo, no es culpa de un pueblo que se entretiene demasiado en dar la paz, sino de un celebrante que no tiene la paciencia de esperar adecuadamente para no mezclar el gesto de la paz con la fractio panis. El canto litúrgico que acompaña la fracción, el cordero de Dios, en la mayoría de nuestras misas lo que acompaña realmente es el gesto de paz, puesto que el sacerdote se limita a partir en dos partes un trozo de pan más grande que las pequeñas obleas del pueblo. Además, el pueblo comulga de otras formas previamente partidas. Nos encontramos ante una deformación de la misa en uno de sus signos esenciales, uno de esos siete “gestos que realizó el Señor”.


La Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos perdió una oportunidad de oro de reafirmar este gesto litúrgico cuando dio indicaciones sobre el signo de la paz, pidiendo que no se introdujeran en ese momento ni cantos ni felicitaciones, ni movimientos espurios al ritmo celebrativo: “la caja no puede ser más expresiva que la joya”. ¡Pero la Congregación se olvidó de la joya! Podía haber pedido que este gesto no solapase al que le sigue en la misa, la fractio panis, cuando ésta es la torpeza más grande que cometemos al darnos la paz[2].


La fracción del pan es un signo muy relevante en todas las liturgias orientales y occidentales, y de particular significación en nuestra liturgia hispano-mozárabe en la que el celebrante coloca siete trozos de pan en el altar en forma de cruz recordando los siete misterios centrales de la vida de Cristo; y dos más separadas, recordando su gloria y su reino. “Así, el gesto simbólico se convierte en un nuevo memorial del misterio Pascual de Cristo, desde su Encarnación hasta la gloria de su Reino”[3]: Cristo parte el pan como anuncio de su muerte y resurrección.


¿Por qué debemos recuperar la fuerza simbólica de este gesto? ¿Por qué decimos que es un gesto de los que realizó el Señor?

- En la cena pascual judía, al principio de la misma, el padre de familia repartía el pan a todos los comensales.

- Cristo lo hizo en la última cena, según recogen los cuatro relatos neotestamentarios. La Instrucción General del Misal Romano (IGMR) expresa esto de una forma muy bella cuando dice: “Por la fracción del pan y por la Comunión, los fieles, aunque sean muchos, reciben de un único pan el Cuerpo, y de un único cáliz la Sangre del Señor, del mismo modo como los Apóstoles lo recibieron de las manos del mismo Cristo”[4].

- Los discípulos de Emaús reconocieron la presencia del Señor “al partir el pan”

- Este rito simbólico da nombre a toda la acción eucarística en Hch. 2, 42.46; 20, 7-11.


Así, el primer sentido que tiene la fractio panis es el de realizar aquello que hizo el Señor. Pero, además, el mismo Cristo da a este gesto el sentido de anunciar su muerte: “entregado por vosotros”. La Iglesia ha visto siempre en este signo una referencia a la pasión de Cristo. El pan partido es el cuerpo de Cristo lacerado y roto en la cruz, entregado a la muerte por nosotros. Cristo es el cordero que se rompe y reparte para que nosotros tengamos alimento. De ahí que desde el s.VII el canto del cordero de Dios acompañe a la fracción. La fracción del pan es, en definitiva, otra forma de mostrar el aspecto sacrificial que tiene la Eucaristía.


En la edad media, al gesto de introducir un pequeño trozo de pan en el cáliz, que acompaña a la fracción, se le dio el sentido místico de representar la unión del cuerpo y la sangre: la resurrección. El origen de este gesto está en la misa estacional romana, ya que los acólitos llevaban un trozo del pan que había consagrado el papa a las iglesias del cardio de Roma el fermentum como signo de la comunión de cada una de estas iglesias con la Sede Petrina[5]. Por este origen del signo, la fracción es, como la llama Aldazabal, el “signo plástico de la unidad fraterna”.


La IGMR dice que este gesto simboliza:

- La unidad de todos los fieles en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia (IGMR 72).

- Repetir una de las acciones que realizó el Señor en la última cena (IGMR 83).

- El mandato de la caridad que brota de esa unidad (IGMR 321).


En la IGMR el gesto de la fracción está en función de otro signo: la recepción de la comunión (“lo partió y lo dio”). La fractio es necesaria para la comunión posterior. Así, es también una parte del gesto primordial que es la recepción del sacramento por parte de los fieles. De esta manera, vemos también que debemos superar una concepción demasiado individual de la comunión. Comulgar no es un acto individual que nos une a cada uno a Cristo, sino un acto comunitario que nos une a todos a Cristo, y en Cristo nos une entre nosotros.


“La liturgia es una acción, un conjunto de signos performativos que nos introducen en la comunión con el misterio, que nos hacen experimentarlo, más que entenderlo. Es una celebración y no una doctrina, una catequesis”[7]. Con esta hermosa frase Aldazábal nos habla del valor mistagógico de la acción litúrgica. Por eso termina haciendo un llamamiento a una praxis del signo de la fractio panis “que debe funcionar para que esta pedagogía resulte eficaz”[8]:


“Por mucha mentalización que haya en torno a un gesto o a una acción simbólica, si los ministros los realizan de modo pobre, insignificante, mecánico, rutinario, evidentemente ese gesto simbólico no adquirirá toda la densidad y eficacia que se pretendía; una reconciliación con los símbolos pasa, sobre todo, por una reforma mental de los ministros, que toman conciencia de que los signos litúrgicos

sacramentales o no no son automáticos, sino que llevan consigo una carga de pedagogía y expresividad humana, aunque su último fin sea la comunión interior con el misterio celebrado (cfr. SC 59)”[9].


Concluyamos con algunas indicaciones prácticas para evitar que el simbolismo que contiene este gesto quede desvaído. Su praxis está tan herida que casi ningún diácono sabe que una de sus funciones es ayudar al celebrante a partir el pan para los fieles y los concelebrantes (IGMR 240). Así, para mejorar el gesto de la fracción, el celebrante no debería conformarse con partir una forma en dos trozos, sino que debe partir la forma grande en varios trozos de manera que el pueblo al menos algunos de la asamblea se alimente de ese único pan partido. El canto del cordero se puede prolongar si se prolonga la fracción (IGMR 83). Además, el pan que usamos en la misa, si bien es ácimo, debe saber a pan y verse como pan. Se debe separar la fracción del pan del intercambio de la paz; y el celebrante no debe mostrar ni consumir un trozo más grande que aquel con el que comulga el pueblo, puesto que es uno más de la asamblea a la hora de comulgar.

[1] Cf. Aldazabal, José. Gestos y símbolos en la celebración. (CPL, Barcelona 1989) 9-10 [2] Cf. Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos. Carta circular El significado ritual del don de la paz en la Misa. (Vaticano, 8 de junio de 2014) [3] Cf. Aldazabal. Gestos y símbolos. 193 [4] Cf. Instrucción General del misal Romano. (3ª editio típica) 72 [5] Cf. Basurko, Xabier. Historia de la Liturgia. (Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 2006.) 204-205 [7] Cf. Aldazabal. Gestos y símbolos. 195 [8] Cf. Ibid. 192 [9] Cf. Ibid. 15

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