• Ignacio Torres

Recibir al Espíritu Santo en medio de la pandemia

Actualizado: oct 13

Dios es amor. Un amor que no se ha manifestado sólo en el pasado, ofreciendo su designio de salvación en Cristo, sino que continúa en el presente, haciendo a cada hombre partícipe de ese plan salvífico. Dios sigue ofreciendo a cada hombre su deseo de amistad y la salvación que conlleva esta amistad. El Espíritu nos mueve a volver a Dios, nos lo hace accesible, llamándonos a la relación con Él. Esta historia de amistad con Dios a veces pasa por momentos de gozo y alegría, otras veces se vuelve dramática. La fuente de este drama es el pecado. Vivimos en una continua tensión entre el don de la salvación y nuestra libertad herida por el pecado. Nuestra vida es un combate en el que nos asiste el Espíritu.


El mal de una pandemia, a diferencia de un acto terrorista o una guerra, conspiraciones aparte, es un mal físico. Esto hace que nos resulte más difícil encontrarle un sentido. Si el mal lo provoca alguien, entonces señalamos al culpable, y eso parece que atenúa los efectos del mal en nosotros, le encontramos una causa. Pero si el mal viene de la naturaleza, nos quedamos perplejos. ¿Dónde está Dios en medio de este mal? ¿Nunca ha estado? ¿Es todo casual, caótico? ¿O es que Dios nos ha abandonado? ¿Ya no nos ama Dios? La Revelación de Dios es, en definitiva, una respuesta al problema del mal y del pecado, que va del árbol de la ciencia del paraíso al árbol de la vida, que es la cruz de Cristo; una respuesta que no es la historia pasada de Dios con un pueblo, sino el presente de Dios con cada hombre, ya que continúa en nosotros. En la vida de cada hombre la revelación de Dios se hace contemporánea, porque Él sigue derramando sus gracias y salvando. Dios nos ofrece su salvación desde la realidad concreta que vivimos como seres humanos; está ahí, amándonos hoy, y salvándonos hoy.


Así que, en medio de esta pandemia, en lugar de cuestionar a Dios, hemos de preguntarnos: ¿De qué manera nos quiere educar Dios con esto que nos pasa? ¿Qué consecuencias sacamos para nuestras vidas? ¿Qué mensaje nos da Dios con esta experiencia concreta de un mal inesperado? ¿Qué nos pide a cada uno? Dios es amor y es el Bien infinito. Lo que nos pasa es algo malo, pero Dios saca el bien del mal. Así que, si nos dejamos guiar por la fe, hemos de concluir que “todo es para nuestro bien”. Debemos buscar el bien que Dios es capaz de sacar de este momento dramático.


El primer planteamiento que nos sugiere esta experiencia, mirando a Dios, es preguntarnos si esto es un castigo. La respuesta para el cristiano es obvia: “No, Dios no nos castiga con un virus. Dios sufre con nosotros el virus.” Decir que es un castigo es decir que este mal lo ha provocado Dios, y no es así; pero Dios puede haber permitido este mal como una corrección, como una penitencia o purificación. Es el padre y el maestro el que corrige, no por ira, no para vengarse; sino con una finalidad educativa, desde el bien y el amor. Entonces será mejor decir que Dios nos está llevando por un camino que exige conversión, purificar los errores, encontrar el camino adecuado. No son pocos los valores olvidados que esta pandemia nos ha llevado a desempolvar: el valor de la familia y la vida doméstica, la economía de proximidad, la sencillez de vida, poner a la persona por encima de las relaciones económicas, dejar esos malos hábitos que estropean nuestra “casa común”, superar el individualismo ególatra con la solidaridad, romper con la mentalidad del rendimiento estresante, apreciar más la verdad en la información, aceptar nuestros límites, afrontar la misma muerte… Dios nos quiere educar con este mal que nos aflige y nos llama a cambiar nuestra forma de vivir. Así nos está salvando en lo concreto, en el hoy y en la eternidad; está continuando a través del Espíritu la obra de la salvación que comenzó con Adán y culminó Cristo.


Dios nos corrige, pero también asume el castigo en sí mismo. El misterio de Jesucristo es la respuesta definitiva de Dios al hombre que sufre. En Cristo, Dios sufre en la tierra, viene a compartir con nosotros la herida del pecado. Cristo nos muestra así todo el amor que Dios nos tiene. En la pedagogía de Dios, su respuesta más grande a nuestros interrogantes es la cruz. En la cruz no encontramos a un Dios que castiga, sino a un Dios que se castiga. Dicho de otra manera, que comparte con nosotros el sufrimiento, que se hace uno de nosotros, no sólo para darnos ejemplo, sino también para realizar un acto totalmente gratuito: la redención de la humanidad. La muerte de Cristo en la cruz tuvo unas causas sociales, naturales, históricas. A través de ese hecho histórico reprobable -la condena y la ejecución de Jesús- Dios actúa y da su gracia, corrige y salva. En Cristo, Dios muestra la novedad de su amor a los hombres, su mayor condescendencia: se ha castigado a sí mismo cargando con la culpa de nuestro pecado. La resurrección de Cristo es la victoria de Dios sobre el mal del mundo y sobre el mal que anida en nosotros.


En la carne de Cristo, Dios nos da otra lección para este tiempo: la humildad. Dios sufre la muerte, la humillación, la impotencia que hemos sentido estos meses. Dios se hace debilidad y nos dice que somos vulnerables, que no nos endiosemos. Pensábamos que las pestes eran algo del pasado, nos creímos capaces de controlar la enfermedad, y de repente se nos ha echado encima todo esto, haciéndonos más pequeños. Esa pequeñez es el abajamiento de Dios a la cruz. Dios habla con el lenguaje de los hombres haciéndose servidor del hombre. Jesús es la Encarnación de la Palabra, que hace pequeño a un Dios que en su gloria es inaccesible.


La contemplación de la Palabra Encarnada también nos sirve para experimentar algo que en este tiempo de confinamiento se ha hecho más notorio: somos corpóreos, nuestro cuerpo está hecho para relacionarse a través de los sentidos. Los abrazos, las caricias, la cercanía, la sonrisa… son parte esencial de nosotros mismos. Cristo es el modelo de esas relaciones humanas que se hacen en la carne. En la Encarnación aprendemos que el hombre es un ser relacional que no interactúa sólo con su inteligencia o sus emociones, también con el cuerpo con el que expresa esas emociones. La comunión corporal con los otros es parte esencial de nuestra comunión con Dios.


Este tiempo ha estado repleto de héroes anónimos. Y hemos aplaudido a los héroes, no sólo a los de los hospitales. También el que recoge la basura presta un servicio insustituible con el que se puede jugar la vida. Dios nos ha enseñado que nos necesitamos unos a otros para lo pequeño; que el trabajo, aún el más humilde, tiene una función social que va más allá de las prestaciones económicas. Y que en los pequeños gestos de servicio hay mucha santidad escondida. Todo esto también nos exige ser agradecidos.


Si Dios nos muestra el camino a través de la carne de Cristo, hemos de tratar otro asunto que en la pandemia ha revuelto el alma de los cristianos: la imposibilidad de acercarnos a los sacramentos. La carne de Cristo que hace dos mil años vino a la historia, hoy permanece con nosotros a través de los sacramentos. En ellos el Espíritu actualiza la gracia de la salvación que Cristo trajo. El ayuno de Eucaristía nos tiene que llevar a valorar más los sacramentos que no hemos podido recibir. La Iglesia es el sacramento universal de salvación, y eso es tanto como afirmar que la gracia no se contiene sólo en la recepción de los sacramentos instituidos. La gracia va más allá del signo, y abarca el deseo del signo; los sacramentos no son un acto mágico, sino la actualización del misterio salvador de Cristo en el hoy de la Iglesia; la presencia de Cristo desborda el signo sensible del sacramento y alcanza al cristiano que vive sus experiencias humanas desde la fe. La misa se puede ver en la tele, aunque seguir acontecimientos reales por la pantalla siempre deja una sensación claustrofóbica. Pero celebrar el domingo sin poder ir al templo va mucho más allá de eso: significa actuar la presencia de Dios en medio del hogar, saborear en lo personal la Palabra que la Iglesia nos ofrece como alimento comunitario cada domingo, esconderse a rezar, oficiar nosotros solos la liturgia de las horas… Si aprendemos a no reducir la celebración del domingo a una misa, entonces descubrimos que Cristo también está presente en los otros signos del domingo festivo, y no sólo en la Eucaristía. Si un padre de familia durante la comida reparte el pan a sus hijos con fe, imita el gesto del sacerdote que en la misa parte el cuerpo de Cristo. Así pues, esta pandemia, que en sí misma es un signo de la pasión de Cristo, nos tiene que llevar también a reafirmar la sacramentalidad por la que la carne de Cristo salva hoy al mundo, y tiene que aumentar nuestro deseo de “tocar”, de recibir los sacramentos, con la certeza de que la vida de un cristiano está repleta de signos que le unen a Cristo.


En fin, la experiencia de la pandemia nos lleva también a sentir que necesitamos el silencio y la oración en la intimidad, como el espacio para que el Espíritu obre en nosotros. Incluso en el confinamiento somos demasiado ruidosos y estamos pendientes de lo externo. Vivimos rodeados de artilugios cuya finalidad es ofrecernos novedades, palabras casi siempre prescindibles que nos despistan. Este tiempo tiene que llevarnos a buscar más el silencio donde encontrarnos con el Espíritu de Dios, dejando que ilumine nuestro camino y actúe en nosotros. Este silencio no nace sólo de un confinamiento obligado, este silencio exige quietud interior y contemplación pausada, profundizar la experiencia de la pandemia a la luz del Espíritu que ilumina nuestra conciencia y quiere llevarnos, a través de esta cruz concreta que nos toca vivir, a la salvación.

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