• Ignacio Torres

Retiro de Adviento

Introducción ¿Por qué dedicar tiempo a la oración?

- San Agustín: tú estabas dentro y yo te buscaba fuera. Buscamos la Verdad de nuestra vida indagando dentro de nosotros, mirándonos a nosotros como Dios nos ve. o Byung-Chul Han es un filósofo que denuncia la incapacidad del hombre contemporáneo para interiorizar las impresiones que recibe: La moderna pérdida de creencias, que afecta no sólo a Dios o al más allá, sino también a la realidad misma, hace que la vida humana se convierta en algo totalmente efímero. Nunca ha sido tan efímera como ahora. No sólo es la vida efímera, sino también lo es el mundo en cuanto tal. Nada es constante y duradero. Ante esta falta surgen el nerviosismo y la intranquilidad. - Sta. Teresa de Jesús: Orar es tratar de amistad. La oración es un encuentro entre personas que se aman. - San Ignacio de Loyola: Conocimiento interno de Cristo para que más le ame y le siga… El fin de la oración es conocer a Cristo para asumir la Voluntad de Dios en mi vida. - San Juan Pablo II: orar significa encontrarse en el Único Verbo eterno a través del cual habla el Padre y que habla al Padre. Rezamos con la Palabra de Dios, que no es un mensaje, sino la persona de Jesucristo, que actúa en nosotros por el Espíritu. o San Pablo: el Espíritu Santo ora en nosotros con gemidos inenarrables (cf. Rm 8,26). Por el bautismo hemos “recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: “¡Abba!, Padre” (cf. Rm 8, 14-16). ¿Cómo rezar?

o Busca un lugar retirado y tranquilo. Traer a mi mente la presencia de Dios, que está siempre conmigo. Pedir que el Espíritu ilumine mi oración. o Pide: § Conocimiento interno de Cristo para que más le ame y le siga. § La gracia que deseas: crecer en la fe, en alguna virtud; curar la enfermedad, resolver un problema… o Lee. La Biblia, un texto, algunas ideas… Busca el sentido del texto. Déjate llevar por el Espíritu. o Imagina: Vuelve tu imaginación a lo leído, tratando de ver la escena, el lugar, lo descrito. o Medita. Busca lo que más te llama la atención. Lleva las ideas a tu vida, a tus experiencias, a tu situación y la de los que te rodean. Reza por las personas que amas. o Dialoga. Haz coloquios con el Señor. Háblale con tus palabras de lo que has encontrado en la meditación. o Contempla: Piensa en lo que Dios te ha dicho, en lo que te ha dado a conocer, en cómo todo esto se aplica a tu vida y es un regalo, un don del amor de Dios. o Resume. Haz en tu interior una síntesis de lo que el Señor te ha dicho. Busca actitudes prácticas para tu vida. Puedes poner por escrito las cosas que el Señor te diga en la oración, para recordarlas y conservarlas contigo. TEXTOS para la oración

Lectura del libro de Isaías (11,1-10): Aquel día, brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago. Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor. Le inspirará el temor del Señor. No juzgará por apariencias ni sentenciará de oídas; juzgará a los pobres con justicia, sentenciará con rectitud a los sencillos de la tierra; pero golpeará al violento con la vara de su boca, y con el soplo de sus labios hará morir al malvado. La justicia será ceñidor de su cintura, y la lealtad, cinturón de sus caderas. Habitará el lobo con el cordero, el leopardo se tumbará con el cabrito, el ternero y el león pacerán juntos: un muchacho será su pastor. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león como el buey, comerá paja. El niño de pecho retozará junto al escondrijo de la serpiente, y el recién destetado extiende la mano hacia la madriguera del áspid. Nadie causará daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país del conocimiento del Señor, como las aguas colman el mar. Aquel día, la raíz de Jesé será elevada como enseña de los pueblos: se volverán hacia ella las naciones y será gloriosa su morada.

Lectura del santo evangelio según san Lucas (10,21-24): En aquella hora Jesús se llenó de la alegría en el Espíritu Santo y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron».



Meditación


1.-Aquel día brotará un renuevo del tronco de Jesé.


El libro del profeta Isaías es el culmen de la literatura hebrea por su contenido y por su tono poético. El cap. 9 se escribió hacia el año 735 a.C. Isaías habla de un retoño que brota de un tronco, un brote que aporta nueva vida. Es una metáfora de la llegada de un nuevo rey que imponga la justicia social y la paz. Los cristianos siempre hemos visto en estas palabras una referencia a Cristo, “nacido de la estirpe de David”: el niño nacido en Belén es el Mesías esperado.


Pero el Pueblo de Israel a pesar de su espera mesiánica, no encontraba cumplidas sus esperanzas: todo eran humillaciones para ellos. Vivieron sometidos a los grandes imperios que se sucedieron en oriente: asirios, persas, griegos, romanos. Los que tenían que liderar al pueblo –profetas, reyes, sacerdotes– no cumplían bien su cometido, se apartaban de la religión, y no ofrecían al pueblo la libertad y la grandeza que Israel había tenido con el Rey David.


En nuestra época también hay un oscurecimiento de la esperanza. Vivimos inmersos en problemas sociales que no tienen fácil solución. Encontraremos una vacuna para solucionar la pandemia; pero los problemas del paro, de las familias que viven bajo el umbral de la pobreza, de las dificultades que tienen los jóvenes para labrarse un futuro en la vida laboral, en el matrimonio, en la paternidad… La vida pierde solidez y se hace cada vez más inestable. Ante estas dificultades, como sociedad no queremos mirar al cielo. Queremos resolver nosotros solos los problemas, sin contar con Dios. Somos, quizá, como esa rama desprendida del tronco, que arde sin vida, de la que también habla Isaías:


Como la lengua de fuego devora la paja, | y el heno se consume en la llama | así se pudrirá su raíz | y sus brotes volarán como polvo, | porque rechazaron la ley del Señor del universo (Is 5, 24)


Si analizo mi propia vida, puede que encuentre también esas ramas rotas por la herida de algún pecado habitual, del alejamiento de Dios que acaba consumiéndonos.


Nosotros hoy sabemos que el renuevo del tronco de Jesé es Jesucristo: con su Encarnación se cumplió la promesa de salvación que Dios había hecho a Israel. Se cumplió de una forma inesperada y mucho más grande de lo que el pueblo anhelaba. Así, del tronco de Jesé, que representa todo el camino del pueblo de Israel en el Antiguo Testamento, nace un brote que produce nueva vida. Ese retoño de esperanza es el mismo árbol de la vida del paraíso que nosotros identificamos místicamente con la cruz de Cristo en la que el mundo recibe la salvación. Nuestra esperanza se cumple con la llegada de Cristo al mundo. Cristo viene a resolver toda esa situación de frustración y desesperanza en la que el pueblo vivía.


2.- Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis.


En el llamado himno de júbilo (Lc. 10) Cristo dice que Dios nos ha mostrado a su Hijo, y a su vez que él, el Hijo, nos descubre que Dios es Padre.


Dios irrumpe sorpresivamente en nuestra vida de forma desconcertante. No viene como un rey poderoso, sino en la carne humilde de un niño que nace en la pobreza. Nació entre animales. Nació para redimirnos del pecado a través de la muerte en la cruz. Nació también para inaugurar un reinado de paz y amor en este mundo.


En el Evangelio según Lucas, los discípulos de Juan van a preguntar a Jesús si es realmente el Mesías esperado: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

A veces nosotros podemos tener esta duda, desconfiamos de que Cristo sea realmente nuestro salvador. La sociedad apartada de Dios nos lleva constantemente a dudar de la fe y a poner nuestras esperanzas exclusivamente en los progresos sociales.


Pero sólo Cristo, según lo que Él mismo dice en el Himno de Júbilo, nos ofrece la Verdad sobre Dios, nos revela el rostro del Padre, y en su humanidad, nos revela también quiénes somos nosotros mismos. Cristo, dándonos a conocer la paternidad misericordiosa de Dios, da un nuevo sentido a nuestra existencia y nos ofrece una felicidad desconocida para los que no creen: es la alegría de engendrar nosotros a Cristo en nuestra vida.


Cristo se hizo carne en el seno de María; de su vientre virginal nació el Mesias y ella fue su primera maestra. Por nuestro bautismo, Cristo también ha nacido en nosotros y hace surgir en nosotros la alegría del Espíritu Santo. Por eso Cristo puede decirnos que somos dichosos por ver, porque hemos contemplado el misterio de su humanidad redentora:


«¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron».


3. Se llenó de la alegría del Espíritu Santo.


Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor del Señor.


Los dones del Espíritu que presenta el profeta son aquellos que necesita el rey para gobernar con justicia: sabiduría, consejo, temor de Dios... Cristo nace para ser nuestro Rey e inaugurar su Reinado de justicia, amor y paz. La salvación que ha traído Cristo al mundo tiene así una doble dimensión: anhelamos la Jerusalén del cielo, el Reino pleno de Dios en el que gozaremos por siempre de su amor; pero a su vez este anhelo es el motor que nos mueve a construir aquí el Reinado de Cristo. El Espíritu santo actúa en nosotros y nos hace mediadores del amor de Dios para el mundo. La Vía de la misericordia por la que el papa Francisco conduce a la Iglesia, no consiste solamente en encontrarse con el pobre para asistirle, en recibir al migrante, en promover a los descartados; consiste en construir una sociedad en la que dejemos atrás tantas desigualdades y fronteras económicas, en la que la humanidad de Cristo sea el paradigma que nos lleve a todos a promover la dignidad de cada ser humano.


Juzgará a los pobres con justicia, sentenciará con rectitud a los sencillos de la tierra;

Pero el arquitecto que construye la civilización del amor en esta Jerusalén terrena no eres tú. La Vía de la misericordia sólo es posible si te dejas construir por el Espíritu de Cristo que se ha encarnado en ti. Nosotros, la comunidad cristiana, somos la carne de Cristo en el mundo contemporáneo, y hemos recibido la vocación bautismal de testimoniar con nuestra vida –conducta, hábitos, virtudes, relaciones– el amor, don del Espíritu. El papa Francisco nos lo dice así: “Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo.” (EG 259)


4. Nadie causará daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país del conocimiento del Señor.


El profeta Isaías presenta un paraíso utópico en el que…


Habitará el lobo con el cordero, el leopardo se tumbará con el cabrito, el ternero y el león pacerán juntos: un muchacho será su pastor.


Es una presentación hiperbólica del mundo natural en el que ni siquiera las bestias se dejan llevar por su agresividad instintiva. Es una llamada clamorosa a construir una nueva sociedad, el verdadero nuevo orden mundial en el que cada miembro de la sociedad cumple su función social y vive en armonía con los demás desde la caridad y un sano temor de Dios. Eso es lo que Isaías llama el conocimiento del Señor.


La construcción de la ciudad terrena pasa por la armonía entre los miembros de la familia, que es el santuario en el que la vida adquiere su carácter sagrado. Pasa por el buen funcionamiento de las instituciones sociales, que han de desarrollar sus actividades con independencia y espíritu de servicio, sin la manipulación torticera de los de arriba. Pasa por la promoción del bien común que, siendo el resultado del buen hacer de cada miembro social, compete en primer orden a los mandatarios. Pero esta armonía social no podrá lograrse nunca abandonando a Dios. Sin Dios, las sociedades se descomponen. Sin Dios, la familia se descompone. Dios es la fuente de la que mana la caridad.


A su vez, en el horizonte final de nuestra vida está la paz infinita de la Jerusalén celeste. Esta es la doble dimensión de la salvación que el Hijo de Dios ha traído al mundo: el amor que crea el bien ofreciendo esperanza para este mundo y la apertura al amor infinito de Dios que gozaremos en el mundo venidero, en el que ya no será necesaria la esperanza.


Nuestras sociedades se alejan cada vez más del conocimiento del Señor. Avanzamos en la deconstrucción del humanismo cristiano. En medio de esta sensación contradictoria: avances asombrosos en tecnología y ciencia, unidos a la decadencia moral y cultural y a la descomposición progresiva de la familia y del mismo ser humano, el cristiano está llamado a vivir de otra manera ofreciendo al mundo la sabiduría que dimana del conocimiento de Dios. El cristiano, movido por el Espíritu, ofrece a la cultura contemporánea el testimonio de quien sí conoce al Señor: lo palpa en la persona de Jesucristo, a quien reconoce como el Hijo de Dios en la carne; y lo abraza en la Comunidad Cristiana que hace presente hoy a Cristo.


Cristo se encarnó hace dos mil años para darnos una nueva y definitiva esperanza. Cristo se encarna en ti, bautizado, por el Espíritu, para que tú seas evangelio vivo ante tus hermanos. Cristo volverá al final de los tiempos a establecer la justicia definitiva de Dios.



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